Dos cuerpos desnudos en un lugar cómodo, mullido. Hace frío, pero el calor que irradian y el de las enmarañadas sábanas, es suficiente.
El pelo largo por toda la espalda, suelto y lisamente salvaje, da una sensación de placer. Una mano sube y baja sobre esa espalda tapada por esa melena.
A la izquierda una inmensa ventana, que muestra el paisaje crudamente. Esta cerrada, pero se siente lo gélido que está el vidrio. Los únicos sonidos que se perciben son la constante lluvia y el andar de los autos. Cualquier pequeño movimiento es ruido.
Un abrazo cálido en dirección a la ventana, que nadie ve y en la que todo se ve, es a lo que se reduce el mundo.
El entretenimiento; la lluvia y los inmutables edificios. Y por todos estos factores caer en los brazos de Morfeo es inevitable.